Encuentro en el mercado.




El mercado bullía de vida. Entre los puestos de especias y las sombras de los techos, la atmósfera vibraba con colores apagados y sonidos surgidos del silencio. Él, inquieto, examinaba los puestos donde las palabras de los vendedores llenaban el aire de parpadeos y oscilaciones.

—¡Acérquese, marchante! Pan caliente y cafecito para esta mañana fría —gritaba una mujer, y el tiempo parecía avanzar unos segundos. Un niño lloró, y el mundo quedó suspendido.

Él tamborileaba nerviosamente sobre el pequeño teclado que siempre lleva consigo, un compás invisible para su mente, perdida en códigos abstractos. A unos pasos, Ella se detuvo junto a un árbol tatuado con un corazón, enraizado como gigante entre dos puestos y cuyas hojas tornadas en colores cobrizos se esparcían por el suelo arrancadas por el viento. Su cámara, firme en las manos, enfocaba algo invisible para los demás. Él la observó desde la distancia, con el corazón sobresaltado: había dejado una marca en ese árbol, lo recordaba perfectamente, un enigma para descifrar más tarde. Ahora, la escena parecía cobrar vida. Acercándose a ella le preguntó:

—¿Ese es tu próximo cuadro? —dijo Él, mirando el árbol con una mezcla de curiosidad y sarcasmo—. Un tronco vacío en medio del caos. ¿Qué ves ahí que yo no puedo?

Sus palabras desataron un viento alisio que estremeció sus cuerpos, levantó mantas y revolvió el polvo, derribando puestos y provocando reclamos airados.

Ella respondió en voz baja, sin apartar la vista de la cámara:

—No es lo que veo, es lo que escucho.

Él frunció el ceño, acercándose más.

—¿Y qué escuchas aquí, entre gritos y pasos apresurados?

Ella bajó lentamente la cámara, dejando escapar un suspiro:

—Silencio. Lo que queda cuando todo lo demás intenta llenarlo. ¿Lo escuchas?

En ese instante, apenas perceptible, el tiempo se detuvo. Él inhaló como manifestando aburrimiento, y paso por alto el trueno que estremeció el cielo.

—¿Eso tiene sentido para ti? Suena más a un bug en el sistema —dijo Él con una sonrisa escéptica.

Ella lo miró con una intensidad que parecía atravesarlo.

—A veces, los bugs son la única verdad que queda en el código. Como este momento: tú, yo, este árbol. Todo lo demás es ruido.

Un escalofrío lo recorrió. Desvió la mirada y murmuró como para sí:

—Eres buena encontrando grietas... pero, ¿qué haces con lo que encuentras?

Ella sonrió apenas, levantando de nuevo la cámara.

—Lo guardo. Para que no se pierda en el olvido cuando vuelva el ruido.

El obturador sonó con un clic suave, mientras el peso del instante se hacía eterno. 

Ella se alejó, dejándolo frente al árbol con su maraña de pensamientos. Una hoja solitaria tembló en una rama.

Esa noche, Él soñó con una fotografía que, en su reverso, llevaba escrito:

"hoja que tiembla,

roce de caracol,

aquí, silencio."

 

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